Decía Swami Sivananda: “El que está establecido en Brahmacharya tiene los ojos lustrosos, una voz dulce y una complexión bella”
¿A quién no le parece agradable sentirse así?
Brahma, es lo Absoluto, lo Supremo.
Charya, es la conducta, el comportamiento.
¿Cómo podríamos entonces traducir el cuarto Yama? Podríamos decir que Brahmacharya es tener un comportamiento que nos lleve por un camino sagrado. Es por esto que en muchos casos se traduce como celibato, como moderación o privación total de la sexualidad y sensualidad en nuestra vida.
Pero saliendo del ascetismo, en Avâta Yoga vemos Brahmacharya como la pureza y la moderación en el pensar, en el hablar y en el hacer; en el comer, en la sexualidad, en la vida en general…
Es andar ese camino de equilibrio en el que dejamos de malgastar nuestra energía en lo que no nos hace mejorar, sin olvidar los anteriores Yamas: Ahimsa, Satya y Asteya.
Y en Yoga, ¿por qué es tan importante no malgastar la energía y sí generarla? Pues porque las prácticas de concentración y meditación requieren una gran cantidad de prana. Por lo que es muy importante ser conscientes de qué cosas, personas, acciones, pensamientos consumen gran cantidad de nuestra energía, porque toda esa energía debemos usarla en enfocar nuestra atención a lo que realmente nos ayuda a crecer, mejorar y dar nuestra mejor versión.
Dentro de la práctica de Yoga, sentiremos Brahmacharya en los estados de Meditación y en las posturas que requieren gran concentración, como son las âsanas de equilibrio. Porque si no ponemos toda la energía en ese instante, perdemos la concentración y con ello el estado requerido para estar en âsana.
Si todo lo que llevamos a cabo en nuestra vida lo hacemos con templanza, sin excesos, con autocontrol y disciplina, poniendo nuestra atención al servicio de cada paso, evitaremos el apego y con ello el sufrimiento.
Brahmacharya forma parte de los elementos esenciales que usamos en Avâta Yoga para que tu práctica te conduzca al equilibrio.

